Un reciente estudio japonés sugiere que ciertos compuestos presentes en alimentos como el cacao, las manzanas, las bayas y el vino tinto podrían mejorar de manera temporal la memoria al activar la alerta del cerebro.
Investigadores del Instituto de Tecnología de Shibaura estudiaron el efecto de los flavanoles, moléculas amargas presentes en estos alimentos, en ratones. Tras su consumo, los animales mostraron un aumento significativo de noradrenalina, un neurotransmisor relacionado con la concentración y la vigilancia mental. En tan solo una hora, los roedores obtuvieron un rendimiento hasta un 30 % superior en pruebas de memoria comparado con los que no recibieron los compuestos.
Yasuyuki Fujii, líder del estudio, señaló que el sabor amargo de los flavanoles podría ser clave en este efecto. Según explicó, la sensación de astringencia —similar a la que se percibe en el chocolate oscuro— activa nervios sensoriales que envían señales al tronco encefálico. Esto, a su vez, estimula una región cerebral llamada locus coeruleus, responsable de liberar noradrenalina y favorecer la retención de nueva información.
El experto comparó los efectos de estos compuestos con los beneficios que genera la actividad física: “Aunque los flavanoles tienen una biodisponibilidad limitada, su consumo moderado podría contribuir a mejorar la salud y la calidad de vida”, añadió Fujii. Sin embargo, aclaró que las dosis administradas a los ratones fueron mucho más altas que las que se encuentran en una porción normal de chocolate o frutas, y que todavía se requieren estudios en humanos para confirmar si los resultados se pueden replicar sin riesgos.
Por su parte, el neurólogo Johnson Moon, del Centro Médico Providence St. Jude en California, valoró el estudio como prometedor, pero alertó sobre los riesgos de consumir chocolate negro en exceso debido a su alto contenido calórico y de azúcar. “No hay evidencia suficiente para recomendar el chocolate negro como un suplemento para mejorar la memoria”, indicó, aunque reconoció que la investigación abre nuevas posibilidades para explorar cómo el sabor y la textura de los alimentos pueden influir en la actividad cerebral. (TR)


